Desde pequeñitas –para consumo local– hasta enooormes y cosmopolitas, se han contabilizado al menos medio millar de profecías catastróficas en dos mil años de era cristiana. Dicho de otro modo, tan poquito tiempo entre un supuesto desastre y la siguiente hecatombe basta para asustar a los tontos, desplumarlos con más saña que el IRS, pirárselas con el botín cuando se acerca la fecha “fatídica” y esperar un par de meses –la memoria colectiva es bárbaramente amnésica– para reiniciar un nuevo ciclo de lucrativo marketing apocalíptico. No te sonrías, amigo(a) lector(a), que no estamos exagerando y hasta nos late que nos quedamos cortos con un tremebundo cataclismo 'bisiesto’: el año pasado la ira divina debió manifestarse en su terrible plenitud dos veces (el 21 de mayo y el 21 de octubre), y este año le toca otra más (21 de diciembre). Tres debacles recurrentes (todas caen un 21) en un lapso de 19 meses empachan a cualquiera, razón por la que no te vamos a hastiar con un soporífero listado de 500 predicciones en 20 siglos. Sólo te vamos a hacer un compendio de las más espeluznantes, pintorescas o simplemente payasitas, con un promedio global de aciertos de 0%, que puedes hacer extensivo a todas las pamplinadas apocalípticas futuras, con un margen de error del 0%.

El primer milenio

Entrando en argumento y descartando a los apocalípticos del Antiguo Testamento (porque la cosa empezó hace muchiiiísimo), los catastrofistas de la era cristiana aparecieron tempranísimo y en el seno de la naciente iglesia, al comienzo no tanto por razones mercantilistas (eso vendría después), sino para ganar prosélitos con el cuento del coco. San Pedro anunció que «ha sido predicado el evangelio a los muertos» (1 Pe 4:6) y «Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 Pe 3: 8-14). San Lucas precisó con más detalle el gran cataplum: «Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria» (Lc 21:25-27). «De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca» (Lc 21:32, el subrayado es nuestro). San Juan anuncia en su primera epístola: «Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo» (1 Jn 2:18). San Pablo, nacido como Saulo en Turquía en el seno de una familia judía ortodoxa, perseguidor de cristianos al principio, convertido al cristianismo más tarde y ciudadano romano cuando le convenía, también creía que el fin era inminente, a juzgar por sus dos cartas a los Tesalonicenses, donde hace frecuentes alusiones a la venida de Cristo. Como ésta se tardaba más de la cuenta, el voluble Pablito dejó de machacar el tema y en la propia iglesia no se habló mucho del asunto hasta el 90, en que el papa Clemente I predijo que el mundo terminaría ese año, y nanay. En 156, el sacerdote Montano (fundador del montanismo o catafrigismo) predijo la segunda venida de Jesús para ese año. En el siglo IV, el obispo Ticón esperaba la visita celestial para 381. A fines del siglo IV, el obispo Martin de Tours afirmó que el anticristo ya había nacido y que se manifestaría bien gacho apenas alcanzase la adultez. Sextus Julius Africanus, teólogo romano, y Lactancio, llamado el Cicerón cristiano por su convincente verborrea, cada uno por su cuenta y en épocas distintas, predijeron la segunda venida del mesías para el 500 exactito. En sus Comentarios al Apocalipsis (776, reescritos en 786 para reajustar fechas fallidas), el monje asturiano Beato de Liébana profetizó la segunda llegada de Cristo y el fin del mundo para el año 800. En el siglo X, el abate francés Adso de Montier-en-Der profetizó en su Libellus de Antichristo que el juicio final acaecería entre 965 y 996, lo que desató una oleada de terror entre sus coterráneos y allende los Alpes y los Pirineos. Por aquella época la influencia de la iglesia Católica era grandísima: los papas coronaban reyes y gobernaban como reyes los Estados Pontificios, establecidos en 752. Y un Estado, lógicamente, necesita harta lana para mantener la pompa de los sus altas jerarquías, hacer la guerra, sostener a una hambrienta burocracia, hacer unas cuantas obras públicas, etcétera. Diezmos, simonías, subvenciones de otros reinos, curitas pichiruches condenados al celibato para que no tengan herederos (y apropiarse de sus bienes) y más cosillas que no vienen al caso alimentaron la voracidad de la santa iglesia, que a fines de la décima centuria atizó el pánico de un nuevo fin del mundo. Vaticinado para el 31 de diciembre de 999, la iglesia canjeó cientos de miles de plazas en el cielo a cambio de cochinos bienes terrenales. Quienes no creían en el otro barrio, se apresuraron a vivir en éste la vida loca más escabrosa y en ello gastaron fortunas; muchos se empobrecieron, pero qué bien que la pasaron. La fecha falló y el papa francés Silvestre II –inventor, erudito medio esotérico y gran matemático– bendijo a los “sobrevivientes”, pero no devolvió ni un céntimo de los donativos recibidos (ya lo dijimos: era un gran matemático). Los marrulleros, y entre ellos el religioso francés Raoul Glaber, corrigieron las cosas aclarando que el primer milenio no debía contarse desde el nacimiento del Mesías, sino desde su muerte, por lo que el fin del mundo debía llegar en 1033, año chicle que los más sinvergonzones estiraron productivamente hasta 1040.

Un fecundo segundo milenio

Tras calcular una rara conjunción planetaria en la constelación de Libra, en 1186 el religioso y astrólogo Juan de Toledo redactó una circular (conocida como Carta de Toledo) en la que advertía a la gente que el cielo se venía abajo y que había que ocultarse en las cavernas. Gran estampida: faltaron cuevas y los primeros que entraron en las pocas disponibles quedaron pegados al fondo como estampillas. Basado en la misma observación astronómica, el poeta persa Auhad-uddin Ali Anwari hizo el mismo pronóstico para el mismo año con el mismo pamplinesco resultado. En 1284 el papa Inocencio III aseguró que ese año se venía el fin del mundo “de adeveras”. El santo varón determinó la fecha del apocalipsis con aritmética de baratillo: la fecha del nacimiento del Islam más 666 años. El 666, a su vez, es un numerito arbitrariamente elegido por un señor Juan (no confundir ni con Juan el evangelista ni con el apóstol san Juan), en una noche de bohemia tremens, en que escribió el Apocalipsis, que según los doctos es simplemente una profecía acerca de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Y punto. Nada que ver con el fin del mundo. Juan expuso sus ideas con un lenguaje que sus contemporáneos instruidos entendieron a la perfección porque estaban en la misma onda. Ahí está el detalle: pretender trasladar el Apocalipsis a cualquier otra época posterior está fuera de contexto y se presta a las tergiversaciones que han hecho ricos a cientos de taimados manipuladores de textos embarullados. Nostradamus escribió igual de oscuro, y nos sentimos tentados de creer que ambos escribidores se enmarañaban y expansionaban a causa de influencias “exógenas”. Juan, con cannabis, que los hebreos llamaban kané bosem y usaban en óleos, ungüentos e inciensos (Ex 30:22-23; Ct 4:8-14), y Nostradamus, con otras drogas que potenciaban sus innatas cualidades proféticas (porque las tenía), cuyo uso habría aprendido durante un poco documentado viaje a Egipto y Persia. El problema es que las drogas, por muy médico que seas –y el francés era un matasanos y herbolario formidable– y por muy moderada que sea la dosis, de todos modos te hacen desvariar un poquitín y se te ocurre cada disparate que para qué te cuento, y lo explicas de modo que sólo tú lo puedes entender. Pasada la intoxicación ya ni tú entiendes lo que quisiste decir. De eso se aprovecharon los embusteros de siempre para interpretar como les dio la gana los escritos de Nostradamus y decir que el pobre dijo lo que ni dijo ni escribió ni pensó escribir, como, por ejemplo, que el mundo se acabaría en 1999 (quienes lo han “releído” después de esa fecha, han “descubierto” que el franchute realmente predijo el fin del mundo para 3786. O para 3797. O por ahí, majomenos). La vidente estadounidense Jeanne Dixon, que tras un par de afortunados aciertos entre mil desaciertos andaba de malas, se apuntó al 1999 y perdió, igual que otros muchos “futurólogos” de quienes sólo recordamos las atinadas y no las burradas. Gracias a nuestra falta de memoria los adivinadores de feria hacen harta feria metiéndonos el mismo cuento una y otra vez. Alguna vez, de chiripa, habrán de acertar. Pero con las quinientas parusías (segundas venidas de Cristo) no han dado pie con bola nunca jamás.

Entre las profecías de Inocencio III (1284) y las de Nostradamus (siglo XVII) hubo montones, entre las que citamos la del sacerdote Gerardo de Poehlde, que en 1147 le escribió a Evermond, prior de la casa premonstratense de Nuestra Virgen Santísima en Magdeburgo, pidiéndole que persuada al margrave de Brandeburgo, Alberto el Oso, para que desista de participar en la cruzadas, ya que no tenía caso: según sus cuentas, el milenio había empezado en 306 (año del ascenso del emperador Constantino) y el diablo andaba suelto. Lo prudente era quedarse en casa, vivir en paz y esperar doscientos añitos no más, hasta 1306, en que el jefe volvería para poner todo en orden. Mediante un galimatías calculístico, el abad, teólogo y escritor italiano Joaquín de Fiore predijo que en 1260 se acabarían la humanidad y la corrupción de la iglesia (por afirmar esto último la iglesia le negó la santificación, aunque Dante lo premió y lo puso en su Paraíso). El religioso murió en 1202, así que no pudo ver el nuevo orden instaurado por Cristo, que no llegó en la fecha prevista, por lo que los discípulos de Fiore movieron alegremente la fecha para 1378. El archidiácono checo Militz de Kromeriz afirmaba que el anticristo ya rondaba por ahí y se manifestaría en 1366; por su culpa, entre 1363 y 1367 llegaría la catástrofe que daría comienzo al nuevo milenio. Cerquita anduvo el asceta francés Jean de Roquetaillade, que coincidió con Militz en el año de la llegada del anticristo, aunque fijó el inicio del nuevo milenio en 1368, con un posible margen de error de dos años: 1370. A decir del profeta Martinek Hausha, líder del movimiento radical de los taboritas (rama cristiana del movimiento de los husitas de Bohemia), el mundo acabaría en llamas en la primera quincena de febrero de 1420. Según cierta cofradía de astrologuchos ingleses, el 1 de febrero de 1524 la Tierra se anegaría en un segundo diluvio universal; la noche previa pandió el cúnico por doquier, aunque llegada la hora del remojón el sol brilló como nunca (los agoreritos rehicieron sus cálculos y concluyeron que la cumbiamba era para un siglo después, en 1624). En su libro Ephemerides (1499), el astrólogo alemán Johannes Stoeffer anunció un nuevo diluvio para el 20 de febrero de 1524; un montotón de ingenuos construyó enooormes arcas que ese frío invierno sirvieron para mantener encendidas las chimeneas, porque diluvio, naranjas (con la mayor caradura, Stoeffer recalculó el chaparrón para 1528). En 1532, el obispo católico de Viena, Frederick Nausea, predijo que el mundo se acabaría ese año, después de escuchar a una niña de ocho años que afirmó haber visto en el cielo un cometa junto a unas cruces ensangrentadas. Según escribió en su Libro de aritmética sobre el Anticristo el matemático y sacerdote luterano Michael Stifelius, el fin llegaría a las 8am o’clock del 18 de octubre de 1532; como no llegó y en castigo por andar asustando a la gente, Stifelius fue enviado al bote; al ser excarcelado –presumimos que en venganza– pronosticó un nuevo fin del mundo para las 10am del 3 de octubre de 1533, pero esta vez, como en el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó. En 1533, el profeta anabaptista Melchior Hoffman anunció el día del juicio para las 8am del 19 de octubre de ese año, y que Cristo aterrizaría por la terminal terrestre de Estrasburgo (todavía no se habían inventado los aeropuertos) para salvar a 144 mil elegidos. En 1534, el anabaptista holandés Jan Matthys predijo que el apocalipsis tendría lugar el día de Pascua (5 de abril) y que sólo se salvaría la ciudad de Münster. Para ver si acierta al menos una, en 1537 el astrólogo francés Pierre Turrel dio cuatro fechas para el gran kaputt, cada una computada con un método de cálculo diferente: 1537, 1544, 1801 y 1814. Contradiciendo a su indeciso paisano Turrel, el teólogo católico Pierre d'Ailly fijó el fin del mundo para 1555, fecha errada, como todas, a la que le siguió un repertorio de nuevos fracasos: en 1556 circuló en Suiza la bola de que la cosa sería en el día de Magdalena; en 1583 el astrólogo inglés Richard Harvey la mandó para el mediodía del 28 de abril; el astrólogo bohemio Cipriano Leowitz predijo que ocurriría en 1584; el sabio Johann Müller, alias Regiomontano (no de Monterrey, sino de Königsberg), lo señaló para 1588, aunque para ese año ya había estirado la sabia pata y no pudo corroborar su metida de pata. Martin Lutero creía que el gran juicio llegaría a más tardar en 1600.

Según escribió el monje dominico Tommaso Campanella, la achicharrada debía ocurrir en 1603, tras el espantoso impacto del sol en nuestra amada y maltratada Gaia. El sabiondo Eustachius Poyssel usó la numerología para concluir que todos sus predecesores eran unos burros porque el armagedón sería en 1623. En 1624, los sobrevivientes de todas las anteriores predicciones apocalípticas esperaron el diluvio universal postergado por los astrólogos ingleses que fallaron un siglo antes (los de 1524, ¿se acuerdan?), y ná’. Un pintoresco y medio lujurioso rabino sefardí que vivía en Esmirna (Turquía), de nombre Sabbatai Zevi, se autoproclamó mesías en 1648 y anunció el fin para ese mismo año, como lo corroboraban sus cálculos basados en la infalible kabbalah. Fundamentándose en la observación de una nova aparecida en 1572, el médico y astrólogo alsaciano Helisaeus Roeslin concluyó que una llamarada de fuego barrería con la Tierra en 1654. Para los radicales ingleses Fifth Monarchists, la batalla apocalíptica tardaría más o menos una década (1650-1660) y concluiría con la destrucción del anticristo y la instauración del reino del mesías y sus santos (los propios quinto-monárquicos, claro está), que duraría mil años. Acelerando las cosas, los antedichos intentaron tomar el control del Parlamento para imponer un gobierno teocrático, pero fueron disueltos a nalgada limpia. Bastó colgar y descuartizar a Thomas Venner –uno de los líderes quinto-monárquicos– para disuadirlos de reagruparse, y ahí murió la cosa. Una cuenta de lo más extravagante y que pese a ello les puso la piel de gallina a muchos, fechó el armagedón en 1656. ¿Por qué causa, razón, motivo o circunstancia ese añito? Demostrando que el Darwin era un bestia, algunos sabelotodo, lupa electrónica en mano para ver lo que es imposible a simple vista, leyeron en la Biblia que el diluvio ocurrió en el año 1656 de la creación del mundo. ¿…? «Elemental, querido Sherlock», le dijo Watson al detective despistado, explicándole que «el arquitecto creó el mundo en el año 1 (3760aC) del calendario judío y lo destruyó con un perro aguacero el 17 de abid (abril, primer mes en el calendario celestial) de 1656 (2105aC), ¿captas?» Sherlock se rascó la tutuma y tímidamente inquirió: «¿Por qué el año del diluvio y no, por ejemplo, el de la destrucción de Sodoma en 2048 (1713aC) o el de la confusión de tuttilimundi en 1765 (1996aC) por lo del Big Babel Building?» «Porque se me antoja.» «¡Ah!» Tras dejar todo más claro que el agua cristalina del Támesis, pasemos a la siguiente fecha: 1658, señalada por Cristóbal Colón en su Libro de las profecías, lo que demuestra que el marino, como buen genovés, le entraba a todo negocio: vacilar a Chabela para que afloje el tesorito (las alhajas, no sean malpensados), ahorrar en salarios enrolando desempleados y presidiarios, embaucar a los aborígenes cambiándoles baratijas por víveres, escribir libracos para consumo de tontos, etcétera. Cientos de profetas europeos vaticinaron al apocalipsis para 1666, año que terminaba con el número de la bestia; los aterrorizados ingleses creyeron que la cosa empezaría en la rubia Albión –por pérfida, según los españoles– a causa del Gran Incendio de Londres y la pandemia de peste bubónica, que se llevó pa’l otro barrio a cien mil cristianos. John Napier, el matemático escocés descubridor de los logaritmos, predijo el juicio final para 1688 basándose en el Apocalipsis, y lo volvió a pronosticar para 1700 inspirándose en el Libro de Daniel. William Whiston, profesor de geografía astronómica de la Universidad de Cambridge, anunció que en la madrugada del 14 de febrero de 1736 aparecería un cometa que barrería con todo y con todos en tres días. En 1704 sir Isaac Newton, carnal de Whiston, predijo en el mundo se acabaría en 53 años, es decir, en 1757 (también dio otras fechas, como veremos más adelante). 1794 fue el año esperado para la segunda venida de Cristo tanto por Charles Wesley, hermano del fundador de la Iglesia metodista, como por los shakers o shaking quakers, grupo religioso escindido de los cuáqueros durante el siglo XVIII.

En 1809 se armó un guirigay de la madona en Inglaterra cuando se corrió la voz de que la gallina de la adivina Mary Bateman ponía huevos con mensajes en su interior, que anunciaban el inminente regreso de Cristo. Bateman fue sorprendida introduciéndole un huevo por el oviducto a la pobre gallina y murió colgada, no por abusar del animalito, sino por envenenar a una mujer (aunque no lo crean, la piel de la bruja fue usada para empastar libros, uno de los cuales se guarda en la biblioteca de Mexborough). En 1813, la vidente inglesa Joanna Southcoot, fanática lectora de la Biblia, afirmó ser esposa del cordero del apocalipsis y estar embarazada de Cristo, que en su segunda venida se llamaría Shilo. Miles de mentecatos se tragaron el cuento y aguardaron el nacimiento, previsto para principios de 1814, que marcaría el fin del mundo… y esperaron y esperaron y esperaron, pero Shilo no venía, tal vez porque la buena señora Joanna, a sus 65 años, ya estaba un poco vieja para embarazarse hasta con inseminación artificial. En Norteamérica, William Miller, fundador del movimiento adventista, anunció que el juicio final sería el 23 de abril de 1843. Como en esa fecha no pasó nada trascendente, postergó el armagedón para el 7 de julio de 1843, luego para el 21 de marzo de 1844 y finalmente para el 22 de octubre de 1844, fecha esta última conocida como “el gran chasco adventista”. Algunos miembros del culto de Miller, decepcionados por el citado chasco, se agruparon como los Adventistas de la Segunda (precursores, a su vez, de los Adventistas del Séptimo Día) y vaticinaron la segunda venida para 1845, 1846, 1849 y 1851. Los Adventistas del Séptimo Día, a su vez, dataron sus fines del mundo para 1847, 1850, 1852, 1854, 1855, 1863, 1866, 1867, 1868, 1877, etc., etc., etc. El asceta alemán Johann Georg Rapp, líder de la Sociedad de la Armonía y fundador de una comunidad socialista en Pensilvania, estaba convencido de que Cristo regresaría en 1847. El pastor anglicano Michael Paget Baxter fue otro campeón de las predicciones apocalípticas, que fechó para 1861-1867, 1868, 1869, 1871-72 (más o menos), 1896, 1901, 1903La primera de las fallidas predicciones de los Testigos de Jehová (denominación cristiana fundada por Charles Taze Russell a finales del siglo XIX) fue 1874; le siguieron 1878, 1881, 1910, 1914, 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975, 1984, 1994… fechas que son siempre motivo de alegría porque hay gran reunión de hermanos en las que se confraterniza, intercambia experiencias con veteranos de pasados fines del mundo y planifica el que sigue. Es como una gran navidad en la que todos se desean «¡Feliz fin del mundo!» En 1835 Joseph Smith junior, fundador de la iglesia mormona, les comunicó a los líderes de su congregación que Dios –su cuate– le había revelado que el mundo terminaría en 56 años, decir, en 1891. Cerramos el siglo XIX con broche de oro en 1900, señalado como el último año de la centuria y del mundo por el curita parisiense Pierre Lacheze, el asceta brasileño Antônio Vicente Mendes Maciel (mejor conocido como Antônio Conselheiro) y los líderes de la secta rusa de los Hermanos y Hermanas de la Muerte Roja. Estos últimos fueron los más nefastos, pues el anuncio del fin provocó suicidios masivos entre sus angustiados seguidores.

Un espeluznante siglo XX

Por culpa de los agoreros de siempre, el avistamiento del cometa Halley en 1910 aterrorizó al mundo como nunca antes, pese a que ese astro nos visita cortés y regularmente cada 75-76 años: cierto clérigo de Pittsburg lo acusó de ser el heraldo del armagedón; unos lunáticos cristianoides pretendieron apaciguar su ira sacrificándole una virgen (afortunadamente la poli llegó a tiempo para rescatar a la chica); el astrónomo Camille Flammarion, del observatorio de París, afirmó que su cola (la del Halley), cargada de cianógeno, envenenaría nuestro mundo; además de los alarmistas sicalípticos, hicieron plata muchísimos sagaces comerciantes que lanzaron al asustadísimo mercado los primeros prototipos de máscaras antigás, píldoras contra el ‘mal del cometa’, paraguas a prueba de cianógeno, etc. Cuando vivía en San Francisco, el sismólogo y meteorólogo italiano Alberto Porta predijo la conjunción de seis planetas para el 17 de diciembre de 1919, que –según élprovocaría una corriente magnética que atravesaría el sol y destruiría la tierra, lo que generó pánico, diarreas y suicidios. Herbert W. Armstrong, principal de la Iglesia Mundial de Dios, ganó montones de adeptos y millones de dólares con el señuelo del apocalipsis, que fijó para 1936, 1943 1972 y 1975. Estudiando la gran pirámide, los piramidologistas David Davidson y Herbert Alder “descifraron” en el supuesto lenguaje de las medidas de ese monumento la historia pasada, presente y futura de la humanidad, que determinaba –según ellos– que el mundo se acabaría en 1882 o 1911. En su vendidísimo libro The Great Pyramid: Its Divine Message (1924), Davidson y Alder movieron la fecha al 29 de mayo de 1928, que en la edición de 1940 se aplazó por razones meramente mercantilistas para el 20 de agosto de 1953. Muchos cristianos creyeron que el éxtasis empezaría en 1948, con la constitución del estado de Israel. El napolitano Charles Piazzi Smyth, Astrónomo Real de Escocia e irresponsable propagador de la piramidología, escribió en su libraco The Our Inheritance in the Great Pyramid (Nuestra herencia en la gran pirámide, 1864), que el milenio comenzaría antes del final de 1960. (Hasta que se volvió obsoleta y fue reemplazada por otras granujerías apocalípticas, la pseudociencia piramidológica dio de comer incluso a muchos escritores hispanohablantes. Por ejemplo, el mexicano Rodolfo Benavides, autor de Dramáticas Profecías de la Gran Pirámide [1961], escribió muy ambiguamente que el fin llegaría en 2001. El peruano José Rosciano, más conocido como Yosip Ibrahim, fue mucho más allá en Yo visité Ganímedes [1970], donde afirmó muy suelto de huesos que los ‘ganimedianos’ [seres procedentes de Ganímedes, satélite de Júpiter] son nuestros papás, desviaron el Nilo para que en vez de ir al mar Rojo vaya el Mediterráneo, edificaron la gran pirámide y la esfinge, y empezaron todo el gran rollo.) Sun Myung Moon, fundador de la Iglesia de la Unificación, predijo que el reino de los cielos se establecería en 1967, fecha que por fallas técnicas en los motores de los cohetes celestiales se tuvo que aplazar para 1981. Leland Jensen, líder de un grupo rebelde Baha’i, predijo que en 1980 ocurriría un holocausto nuclear, seguido del retorno del cometa Halley en 1986, su incorporación como segunda luna de la tierra y su aparatosa caída en 1987 para acabar con lo poco que habían dejado en pie las bombas atómicas. El tele-agorero Arnold Murray, de la Shepherd Chapel (próspera iglesia con sede en Gravette, Arkansas), predijo la llegada del anticristo para 1981, que luego aplazó para junio de 1989. En mayo de 1980, el alucinado y bocón tele-evangelista Pat Robertson, fundador de la Coalición Cristiana, alborotó a medio mundo garantizando sin ápice de duda que el mundo sería juzgado en el otoño de 1982.

En 1974, John Gribbin y Stephen Plagemann escribieron The Jupiter Effect, vendidísimo librito alarmista en el que afirmaban que el 10 de marzo de 1982 un alineamiento planetario deformaría la superficie del sol, cambiaría la órbita de la tierra y activaría toditas las fallas geológicasempezando por la de san Andrés– provocando una seguidilla de terremotos devastadores a escala mundial. Un tal William Kann sostuvo la cosa empezaría en Australia en 1984: a Perth se la tragaría la tierra, a la costa oriental el mar, y Sydney sería destruida por una letal combinación terremotos-bomba atómica. El franchute Pierre-Jean Moatti fechó su propio fin del mundo para ese mismo año en su libro 1984 L'Apocalypse? Moses David, líder de la secta Niños de Dios (hoy rebautizada como La Familia Internacional), predijo que en 1986 la URSS derrotaría a Israel y Estados Unidos en la batalla del armagedón. En 1988, el ingeniero de cohetes Edgar C. Whisenant, de 56 años, publicó un librito de bolsillo titulado 88 Reasons Why the Rapture Will Be in 88 (88 razones por las que el arrebato ocurrirá en el 88). ¡Bingo! El libraco de marras, que predecía que el rapto de los elegidos acontecería entre el 11 y el 13 de septiembre de 1988, originó una histeria colectiva y vendió más de seis millones de copias en un santiamén. Como no pasó nada, Whisenant lanzó al año siguiente sus 89 razones por las que el arrebato ocurrirá en 1989, que fue un rotundo fracaso editorial. Tonto. Debió esperar hasta 1992 para sacar otro best seller, ¿que nadie le avisó que el ciclo mercadotécnico-apocalíptico es de cuatro años? Lee Jang Rim, líder de la secta apocalíptica surcoreana Misión para los días futuros, vaticinó el fin del mundo para el 28 de octubre de 1992 (luego de que falló su profecía, fue apresado, acusado de fraude). La astrónoma y profetisa polaca Sofia Paprocski (también conocida como sor Marie Gabriel, Sofia Richmond, Zofia Sagatis, Sofia Marie Angel, etcétera), anunció en 1993 que un cometa se precipitaría sobre Júpiter en julio de 1994, lo que acabaría con la tierra al provocar «la mayor explosión cósmica en la historia de la humanidad». (Detalle que sor Sofia no mencionó es que la noticia ya la había dado dos meses antes y sin tanta alharaca el astrónomo Brian Marsden, refiriéndose al cometa Shoemaker-Levy 9, que se estrelló en Júpiter justamente en julio de 1994.) El pastor John Hinkle, de la Christ Church Los Angeles (hoy Christ Church Unity), espantó a medio mundo al anunciar que en una de sus habituales pláticas con el gran arquitecto, éste le informó sin preámbulos ni anestesia: «El jueves 9 de junio de 1994 extirparé el mal de la tierra.» Harold Camping Egbert, un ingeniero que vio más redituable convertirse en radio-evangelista milenarista, hizo un primer ensayo (así, como quien calienta motores) fechando el día de juicio para el 21 de mayo de 1988; una vez que agarró confianza, lanzó con gran fanfarria su segundo juicio para el 7 de septiembre de 1994, tres meses después del fin del mundo de su colega Hinkle, para evitar fricciones dentro del gremio. El tremendo juez no se asomó ni para Hinkle ni para Camping, y este último postergó la llegada de la tremenda corte para el 21 de mayo de 2011, que aplazó por causas de fuerza mayor para el 21 de octubre del mismo año. (Dicho sea de paso, el hoy casi RIP Camping fue uno de los más exitosos ordeñadores de la teta apocalíptica, con $120 millones expoliados a sus fieles no muy limpiamente, según el IRS.) El psíquico neoyorquino Sheldan Nidle, excelentísimo representante en la tierra de la jerarquía espiritual y de la federación galáctica de la luz, predijo que el fin llegaría el 17 de diciembre de 1996 con la venida de 16 millones de ovnis, seguidos por una legión de ángeles. (Pasada la fecha, Nidle explicó que los ángeles, buenas gentes, habían decidido «darnos una segunda oportunidad.») En 1997 el cometa Hale-Bopp, de visita por estos rumbos y perfectamente visible sin aparejos ópticos, despertó un inexplicable temor por todas partes: que era muy brillante y muy grande; que detrás de él viajaba, escondida, una nave espacial, y que si se escondía nada bueno presagiaba. Los únicos que creyeron que la nave venía con buenas intenciones fueron los miembros de la ‘secta ovni’ californiana Heaven’s Gate (Puerta del cielo), que se suicidaron colectivamente para que sus almas entren en un plano de existencia superior que disfrutarían como pasajeros del antedicho ovni. Mediante cálculos de lo más extravagantes, Marilyn Agee anunció en su libro El fin del mundo que la catástrofe llegaría el 31de mayo de 1998, fecha que ha manipulado y aplazado con el mayor desparpajo una docena de veces, hasta 2007.

En 1997, tras analizar una serie impresionante de profecías (desde las de Nostradamus hasta las de algunos santos ortodoxos), el científico siberiano Vladimir Sobolyovhas, aureolado por su pertenencia a la Rerikh Academy, llegó a la docta conclusión de que en 1999 el eje de la tierra se movería 30º causando enormes cataclismos e inundaciones. ¡Oh!, ¿y quién podría ayudarnos? Los chapulines extraterrestres, que según Sobolyovhas saldrían de su escondite en la cuarta dimensión para echarnos una manito (verde, suponemos). En 1997, Richard Noone publicó 5/5/2000 - Hielo: el desastre final, en el que afirmaba que el 5 de mayo de 2000 los planetas Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno se alinearían por primera vez en 6000 años para causar la catastrófica subida del hielo en el polo Sur, con la consiguiente destrucción del planeta. Noone no hizo más que alimentar –y engordar su billetera– con la previsibilísima oleada apocalíptica con la se cerraría el milenio y en la que pareció que hubo un consenso tácito entre los profetas de todas las religiones, pequeña aunque no sorprendente incongruencia, dado que el calendario occidental es una cronología cristiana. He aquí tres botones de muestras extremas de esta locura colectiva y plurirreligiosa que clausuró el siglo junto con el Y2K (otra basurita apocalíptica que enriqueció a muchos): la secta ultrarreligiosa House of Yahweh, liderada por el ex miembro de un kibutz (comuna agrícola judía) Jacob Yisrael, convencida de que en 2000 se iba a reconstruir el templo de Jerusalén; el grupo Sukyo Mahikari, facción neonazi de la secta Aum Shinrikyo (tristemente célebre por su atentado con gas sarín en el metro de Tokio), convencido de que el armagedón debía ser un reguero de sangre con su activa cooperación; y el grupo fundamentalista y paramilitar comandado por el ex pastor menonita Robert Millar, quien predicaba que el nuevo milenio se iniciaría con una invasión asiática a Estados Unidos, por lo que la esperó en la ciudadela de Elohim City (Oklahoma), atrincherado con un centenar de seguidores armados hasta los dientes. Y colorín colorado, el huerto apocalíptico quedaba bien abonado para un cada vez más exigente mercado.

Más de lo mismo (y más aparatoso

que nunca) hasta el cuarto milenio

El mercado consumidor de catástrofes es como el de las sagas cinematográficas. Quinientas secuelas desgastan un poquitín el argumento, y si se quieren reeditar previos taquillazos hay que inyectarle al asunto nuevas ideas y, sobre todo, espectacularidad. Eso es lo que ofrecía Hercóbulus (o Hercólubus), planeta inventado en 1956 por el médium y abogado brasileño Hercilio Maes, que se forró de plata con su obrita Mensajes del astral. En su libraco, Maes afirmaba tener contacto ‘psicográfico’ con el extraterrestre Ramatis, quien le chismeó que el mundo se acabaría en 1999 por culpa del citado Hercóbulus. Un amenazante cuerpo celeste, de cuatro a seis veces más grande que Júpiter, les caía como anillo al dedo a los mercaderes del fin del mundo, que hicieron su agosto con el nuevo argumento (también recogido por Rodolfo Benavides y Yosip Ibrahim), y entre ellos el colombiano Joaquín E. Amórtegui Valbuena, alias venerable maestro Rabolú, que sin reconocerle copyright a Maes se apropió de la idea en su libro en su libro Hercólubus o planeta rojo (1998). En él, afirmaba que el planetazo nos visitó hace 13,000 años causando la destrucción de la Atlántida, y que desde 1999 se observaría desde la tierra como una gran estrella al amanecer. Ese año pasó sin pena ni gloria para el supuesto gigante sideral porque el mercado ya estaba saturado de apocalipsis para el período 1999-2000, pero el coloso cósmico era el comodín perfecto para que la máquina apocalíptica siga produciendo dinero. Se postergó su venida para 2003, luego para 2005 (o 2006) y ahora para 2012, dando por sentado que ciertos cuerpos celestes pueden desplazarse como les da la gana, en abierto desafío a las leyes que gobiernan al resto del universo. Descrito en pocas palabras, nadie sabe qué pedos es Hercóbulus, ni quienes patrocinan su existencia y viven de ella, pues no se ponen de acuerdo entre sí. Para unos, es Nibiru, el planeta X conocido por los babilónicos, que orbita el sol (y pasaría cerca de la tierra) cada 3,600 años más o menos –según convenga– y es habitado por los anunnaki o nibiruanos, homínidos reptilianos tomados por dioses por nuestros antepasados y antepasados nuestros por haber dejado su semillita genética en algunos humanos. Según otros, es el duodécimo planeta de nuestro sistema (¡santos recórcholis, Batman, hay dos mundos fantasmas entre Plutón y el XII!). Otros más sostienen que no es un planeta, sino una especie de estrella con una órbita muy alargada que cada vez que pasa cerca de nuestro mundo provoca tremebundas carnicerías. Hay quienes dicen que es un planeta bizarro que se desplaza entre nuestro sistema solar y un supuesto sistema hermanastro llamado Tilo. O que es el planeta extrasolar WASP-5b, que orbita la estrella WASP-5 en la constelación del Fénix. O que es la estrella de Barnard, que se encuentra a seis años luz (60 billones de kilómetros) de la tierra. En conclusión, Hercóbulus es un cariñoso apodo y el planestastro que nos va a despachurrar se llama realmente Némesis, Marduk, Ajenjo, Rojo o cualquiera de los nombres antes citados, a gusto del vendedor, del cliente, de las fuerzas del mercado catastrofista y de las circunstancias. Mientras no se invente algo más impactante y aterrador, prevemos que Hercóbulus volverá en cuatro añitos más (y en 2020 y 2024), ajustándose al ciclo del marketing apocalíptico, salvo en 2029, en que será reemplazado por el asteroide 99942 Apophis, que se acercará un poquito a la tierra, con una probabilidad de impacto de 0.0022% (es decir que más fácil nos sacamos el Powerball, el Mega Millions y el uro Millions, todos juntos). No creas, amigo(a) lector(a), que nos olvidamos del fin del mundo de este año: ocurre que ya lo abordamos en nuestra sección de cine, en el comentario del filme 2012, y nos da una terrible pereza repetirnos. Además, la versión maya del apocalipsis está tan desacreditada hoy en día que sus propugnadores y propagadores ya cambiaron el argumento: lo que se va a acabar el 21 de diciembre es el mundo egoísta, que tanto daño ha causado a la humanidad, para dar lugar a una nueva era en la que florecerán los valores más altos. Lo dice hasta Enrique Gratas, que cuando se quedó desempleado se aupó a la teta apocalíptica (de algo hay que vivir, ¿no?).

Lástima que los ahora enriquecidos propugnadores y propagadores de las supuestas profecías mayas y otras patrañas por el estilo –mientras se invente algo mejor– ya estén apuntando sus baterías a la fecha del tele-evangelista Jack Van Impe (sí, otro tele payasito): 2018; al híper manoseado Hercóbulus y al virginal 99942 Apophis. Este último, en especial, es muy comercializable en el ubérrimo mercado de los papanatas, a quienes ya se les está vendiendo la especie de que las primeras tres cifras de 99942 Apophis, invertidas, dan el número de la bestia, y la suma de las últimas dos da un cuarto seis de cortesía de la casa (sí, sí, ya sabemos que es un cálculo extravagante, pero los ingenuos ya se comieron el cuento). En segundo lugar, de aquí a 2029 hay bastante tiempo para lucrar de lo lindo a costa de los antedichos ingenuos. Y en tercer, si falla a la cita en 2029, el inefable 99942 Apophis volverá el 13 de abril de 2036, fecha científicamente cierta, aunque la probabilidad de impacto sea de menos de 1 en 250,000 (y si la cosa se pone fea, enviamos a Bruce Willis a perforar el asteroide y meterle una bomba en la panza, no problem).

Una fecha con garantía científica es 2060, calculada nada más y nada menos que sir Isaac Newton, caballero que ya citamos anteriormente (falló señalando el fin para 1757) y que nació prematuramente el día en que murió Galileo. Sólo diremos, en justificación de sus desvaríos poco científicos, que vivió una infancia traumática: habiendo enviudado del papi de Isaac, mamita se volvió a casar y lo dejó a cargo de los abuelitos, que parece que nunca estuvieron contentos con el paquetito. Ya adolescente, Isaaquito dejó constancia escrita de que odiaba a mamaíta, al padrastrito y a los abuelitos, especialmente a estos últimos, a quienes amenazó con quemarlos vivos con todo y casa (la de ellos). Aclarado que el genio era algo –¡ejem!– rarito, no debe llamar la atención que tuviese su lado oscuro, como Bruce Wayne y el doctor Jekyll: le dio por la alquimia, la teología medio herética y el estudio literal de la Biblia, texto que compila libros de distintas épocas y características, y donde un mismo tema o hecho es expuesto por su autor según su punto de vista y el género literario que utiliza: histórico, profético, poético, etcétera. Superpuestos, son un intríngulis de discordancias y concordancias, con clara superioridad de las primeras, cuya lectura literal conduce inevitablemente a todo tipo de interpretaciones. Dicho de otro modo: más te apegas a un pasaje, más te alejas de otro que se refiere a lo mismo. Isaaquito realizó una enormidad de cálculos y corolarios basados en las cronologías hebreas y cristianas del Apocalipsis; es decir, desacertó desde el principio, pues dicho libro se refiere a sucesos que ya son historia. Partiendo, pues, de un equívoco, Newton coincidió con Joaquín de Fiore prediciendo el fin para 1260, año que obviamente falló y que nuestro erudito mister Hyde prorrogó para 2060 empezando su cuenta en 800, año de la coronación de Carlomagno, que no entendemos nadita qué vela tiene en este entierro. Como puedes ver, no hay razón para que panda el cúnico. Lo que ocurre es que después de que la manzana le dejó un bárbaro chichón en la sabia calabaza, Isaaquito se volvió hipocondriaco, y sus cálculos apocalípticos (escritos en 1704 en un folletito no destinado a ser publicado) fueron un estupendo ejercicio mental para prevenir el alzheimer. Murió lucidísimo.

Afortunadamente (Biblia dixit), el fin de los tiempos llegará cuando nadie lo esté esperando: «Ustedes, estén preparados, porque cuando menos lo piensen vendrá el Hijo del Hombre» (Mt 24:44); «El día del Señor vendrá cuando menos se espera, como viene un ladrón de noche» (2Pe 3:10). Esto significa que estamos saludablemente inmunizados a larguísimo plazo, pues esperamos fines del mundo segurísimos para 2240, fecha límite para la venida del mesías según el Talmud, el midrash y el libro cabalístico Zóhar; para 2880, año en que el asteroide (29075) 1950 DA pasará cerquita de la tierra, con una probabilidad de impacto del 0.33% (un poquitín más Apophis); para 3786 y 3797, dos fechas más atribuidas a Nostradamus (¿se acuerdan?), etc., etc., etc. En pocas palabras, el mercado consumidor de la quimérica batalla final entre Teo y sus ángeles de un lado, y Sata y sus diablitos del otro, con la humanidad hecha sanduchito entre ambos, está servido para rato.

Cerramos este reportaje concluyendo lo obvio: con un promedio de aciertos del 0% y de amnesias colectivas del 100% por cada desacierto, los agoreros apocalípticos saben que el mercado no se agotará jamás. Al contrario: crece día a día (nos multiplicamos como conejos, ché) y se abarrota de nuevas y potenciales víctimas del embuste catastrofista, ratificando la infalibilidad del axioma Barnum-Forepaugh: «Nace un tonto cada minuto.»

Amén.

N de la R: Para elaborar este trabajito, hemos visitado las webs más disímiles e investigado algunos textos, libritos y librazos relacionados con el tema: http://disinformazione.it, www.zetatalk.com, http://lifeisnoteasy.foroes.net, www.elfindelmundohoy.com, www.e-torredebabel.com, www.taringa.net, www.2012officialcountdown.com, http://letrasdelmal.bligoo.com, http://desenmascarandofraudes.blogspot.com, www.cibermitanios.com.ar, www.10puntos.com, http://contralaapostasia.com, www.artehistoria.jcyl.es, http://noticiasinteresantes.blogcindario.com, www.nasa.gov, http://arquehistoria.com, www.findelmundo.net, www.abhota.info, Apocalipsis: Visión y Misión (Samuel Pagán, 1993), El mito histórico del año mil (Eloy Benito Ruano, 1995), la Biblia (varios autores, 1491aC-95dC aprox), los escritos de Qumrán (para más exactitud: 1Q Mist, 5Q JN, 4Q Pr N, 4Q Ps Dan y 11Q Melch), otros textos más que se citan a lo largo del reportaje y recontra etcétera. Para que vean que aquí no plagiamos a nadie: leemos, examinamos, comparamos, revisamos, verificamos, enmendamos, purgamos, ponemos puntos sobre las íes y citamos nuestras fuentes de información y desinformación. Aceptamos hidalga y humildemente que no somos ningunos sabiondos y que algún errorzuelo puede haber eludido el celo macartista con que hemos cazado y quemado brujas feas; si lo detectas, no dudes en contactarnos para rectificarlo y añadir tu nombre a nuestra lista de créditos. Y ahora sí, colorín colorado, este cuento se ha acabado.